I'm a poet, I'm a fighter, I'm a preacher ♫











{13 enero 2010}   Hurt

Bajó por las escaleras en absoluta rapidez. Estaba tan impaciente, tan angustiosamente motivada como era costumbre desde…ya no sabía bien desde cuándo…pero había sido por todo esto, que se había cernido sobre ella, o sobre la vida de él, cada vez en una forma más cruel y sin piedad.
Él estaba muy enfermo. Ella no hacía más que entrar cuando sabía que él no podría oírla lamentarse.
Y rezaba con fervor a Dios. Quizá él hubiera creído que todo eso era muy miserable de parte de ella, que le había prometido sueños. Quizá pensaba que ella era una cobarde, antes había hecho tanto…¿o era lo que ella pensaba? No importa. Se sentía ridícula sólo llorándole sin que él supiera, revolviendo todo su pasado.
Rezaba fuertemente con la esperanza de que él pudiera sanar.
Le habían dicho que todo deseo tenía un precio. A ella no le interesaba en absoluto todo qué precio pagaría después.Incluso creía que valía la pena pedir por él, aunque después la olvidase. Murmuraba palabras, entonaba lágrimas. Como todas las noches.
Miró el haz de luz que ingresaba por la puerta. Era muy extraño…con que rápidez todo había pasado. Ella le habia dicho que iba a marcharse lejos, ella estaba haciendo su vida, siendo ella por primera vez en demasaido tiempo. Cuando supo todo esto…ahí estaba de vuelta, pidiéndole perdón en silencio, por abandonarle, por haberlo odiado, por sentirse así.
Para oír su voz otra vez, hubiera hecho más allá de lo que podía realmente (o de lo que creía que podía). No sabía a quién le suplicaba, no sabía si él, si ella misma incluso, sería capaz de perdonar tanto dolor.
Seguía sin dormir, y los ojos rojos instaban a querer dormirse.No lo haría.No podía dejarlo solo esta vez también.
Ni siquiera por estar en vigilia y dormirse, ni siquiera por eso. Trajo de vuleta a su cabeza mil cosas que había destinado a un lugar sin rumbo. Ahora todo se le hacía más claro. No era tan fácil.
Quiso pensar que todo estaría bien. Se preguntó si estaba esperando algo que jamás se daría. Comezó a echarse culpas por azar. Su tristeza se transformó en ira. Nunca pudo ver con claridad qué sucedió después en su mente.
Cerró el puño abrazando con sus dedos la cruz.
Bajó la cabeza.
Y pronto se encontró suplicando, esta vez para devolverle la vida.

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