I'm a poet, I'm a fighter, I'm a preacher ♫











{4 marzo 2009}   Juicio

-No tengo nada que declarar- sostuvo con la tranquilidad habitual que demostraba siempre. Algunos lo creían loco, otros que había sufrido lo bastante como para ya no volver a sentir ningún otro dolor.
-¿Lo dices en serio?- le preguntó el hombre que estaba a su lado – Si no lo haces, no probarás tu inocencia.
-Aún así no necesito probarla-. El hombre se le quedó mirando extrañado, tenía una serenidad que parecía de otro mundo. Empezó a pensar qué haría en su lugar. Estaría desesperado. Lo acusaban de un modo terrible, era algo que hubiera desarmado la voluntad de cualquiera. Y sin embargo, ese hombre seguía misteriosamente sereno. Hasta sonreía con la mayor paz y belleza estando en una situación que a él de seguro le habría hecho perder las esperanzas.
-La verdad- pensó- jamás entenderé a ese sujeto – Es curioso, como no se altera por nada-. Se marchó lentamente cerrando la puerta.
A la hora siguiente otro hombre acudió a indagarlo.
-¿Te das cuenta, muchacho? Tu cara está en todos lados. Estoy trtando de ayudarte. Si no eres culpable, irás a casa. Pero mientras no podrás hacer más que estar aquí sometido a estos interrogatorios.¿Por qué te niegas a declarar?
Todo había sido sumamente raro, allí estaba el hombre que había sorprendido a medio mundo sobre la escena de un crimen. Y no podían sacarle una palabra que lo incriminara o absolviera. Todos se preguntaron por qué tanta atrocidad. Pero también fue extravagante el método en que él había sido vinculado al hecho. Varios testigos aseguraban su presencia en el lugar en el momento en que sucedió todo, pero nadie podía asegurar que é l fuera realmente el culpable. Nadie podía. A todos les temblaba el pulso ante la presencia de aquel hombre. Y cuando subían al estrado, podían percibir su serenidad irracional, clavada fijamente en ellos. Era un caso sumanete intrigante.
Mientras tanto, en otra parte no muy alejada, una joven recién acababa de levantarse. Prendió la radio. Eran las diez. Escuchó atentamente al hombre que anunciaba el clima,se vistió y luego se preparó un café. Las noticias hablaban otra vez de aquel hombre. De repente, atacada por quién sabe qué sensación de pánico o tal vez de nerviosismo, apagó el aparato. Estaba tan enojada consigo misma. No podía soportar que encima eso fuera el centro de atención de los medios. Corrió y luego salió a comprar el diario, pero apenas leyó los titulares de la primera plana, arrojó el periódico al cesto. La gente comezó a mirarla, realmente extrañada por su actitud.
Subió al colectivo que siempre tomaba y luego de pagar su viaje, tomó asiento al fondo. -Tengo que serenarme, antes de que todos sospechen algo- pensó. Suspiró lentamente y comenzó a respirar en forma calmada. Poco a poco, los curiosos apartaron su vista de ella, y se sientió más segura. No iba a hacerlo. Después de todo, ¿qué podía pasar? Se relajó a pesar de la tensión inicial que parecía invadirla en un principio y el molesto ruido del vehículo dejó de importarle. -Es muy posible que nada cambie- pensó con resignación.
Miró la hora y algo turbada, los edificios. No estaba llegando tarde, pero algo parecía turbarla intensamente. Le pareció ver el rostro de él en todas partes, le pareció que estaría sometido a condenas terribles. Y que todo el mundo correría a acusarla a ella. Se apresuró y bajó las escaleras para llegar a la estación de subte. Esa sensación no dejaba de incomodarla a donde quiera que estuviera. Era realmente molesto.
Toda aquella multitud. Creía ver que la detestaban. O que, peor aún, no les importaba en absoluto y que ella bien podía estar muerta, pues les daba lo mismo.Como hormigas atrapadas. Sin salida. Y él… sería el primero en caer. Ella no quería eso. No.Abordó el subte y se sento mientras por la ventana, las luces se veían como líneas blancas que destellaban en medio de la oscuridad, como tragadas por el túnel. A su lado había un hombre, que reconoció por un instante, aunque luego se desengañó la experiencia fue impactante. Por apenas unos pocos segundos, la misma boca, los mismos ojos, delatándole, quizás escondían alguna pena que para ella se convertiría en el martirio perfecto. Por algo era que aquel mirar le intimadaba de ese modo, pero no podía explicarlo. No aguantaba más, y de repente, cuando ella estaba a punto de gritar…el rostro cambió, se le borró la expresión triste, aunque no del todo y la piel tomó una morenez que nada tenía que ver con la persona a la que su mente evocó en un estado repentino de culpabilidad. Lágrimas le quedaron detenidas en las pestañas y cerró los ojos. Luego de poco rato volvió a abrirlos y descendió del subterráneo. Ya en la oficina, su mente no podía dejar de repasar los extraños sucesos del día y confundidad, pensó que ya no sabía que esperar. Con gran torpeza desempeñaba las tareas de su trabajo, una compañera suya lo advirtió y le quiso preguntar qué sucedía pero ella no respondió y salió corriendo.
“No lo aguantó más” pensaba, “tengo que llegar allá”.
Nuevamente el sospechoso en cuestión era conducido al estrado y los flashes de las cámaras, las preguntas de los periodistas eran incesantes. Él seguía tan calmo, casi como si no fuera consciente de ello. Una sonrisa, torcida, pícara, inexplicable le cruzabsa el rostro y de los ojos parecían salirle chispas. Como habitualmente hizo antes, seguía sin mediar palabra.
Para ella toda esta presión a la que estaba sometida, era un infierno, casi estaba a punto de reventar. Sintió que no podía respirar, que el mundo se le venía encima, que la vista se le nublaba, que todo se tornaba silenciosamente amenazador a pesar de lo concurridas que estaban las calles, que el tiempo pasaba anormalmente veloz, que todo estaba perdido, que él sería condenado.Eso no podía permitirlo.
Sentado en el estrado, el joven esperaba, mirando la puerta como si realmente fuera a pasar algo, cuando el fiscal lo examinó, ni siquiera pudo emitir observación alguna.
-¿Señor?¿Me está oyendo?-iniquirió, un gesto de gravedad surcaba el rostro del viejo fiscal, prestando atención a cada detalle que pudiera ser usado como revelación de la culpabilidad de ese hombre, que era apenas un sospechoso-Me temo, Su Señoría, que este hombre…- miró de soslayo al acusado y el juez observó el rostro del fiscal. En cuanto al hombre que permanecía sentado en el estrado, bajo la mirada de ciencuenta y ocho personas, esposado…segiía prisionero de aquella actitud anormal, calma, que inspiraba terror en demasía, ya que no parecía algo común par alguien que estaba siendo tan exhaustivamente interrogado, seguía con la mirada fija en la puerta. Ajeno a todo lo que pasaba, los murmullos del jurado, las miradas fijas en él, atemorizadas y otras encolerizadas, creyéndolo culpable a pesar de toda resolución que demostrase lo contrario.
La mayor parte de las veces, miraba distraídamente al fiscal y no se percataba de las observaciones que eran comentadas por lo bajo, o al menos era como si simulara bastante bien ignorarlas. Sonreía con aquel, su modo sereno y feliz, en medio de una situación tan tensa.Seguía mirando la puerta como si eso pudiera aportarle alguna esperanza, pero no parecía angustiado. Más bien estaba demasiado tranquilo para ser verdad. A la media hora, el fiscal, luego de varais tentativas, presentó alguans evidencias que no causaron efecto alguno. Seguía embelesado en la forma del picaporte, percibia cada pequeña vibración de éste.Anulaba todos los demás sonidos, era un silencio artificial y bello en medio de tanto caos que de veras ocurría.
Ella llegaba, casi llegaba a destino. No tenía fuerzas, casi apenas podía creer que alentaba aún. El asecensor tardaba y se había quedado atascada. Los escalones por los que trnsitó luego de haber desistido por el anterior medio no tenían fin. Abrió la puerta estruendosamente y para sorpresa del público, cayó de rodillas ante el juez.
-¡He sido yo…!- gritó, quebrada entre lágrimas.

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